Sábado 28 y domingo 29 de mayo
Decía el Profesor W. Osler –de Oxford– a sus alumnos al finalizar cada curso académico que “la mitad de lo que les hemos enseñado es mentira, el problema es que no sabemos cuál es esa mitad.” Es decir, que cualquier saber es refutable. La ciencia, por tanto, está sometida a una continua revisión. Los saberes que la constituyen se modifican o sustituyen por otros que explican mejor los hechos o la realidad porque, citando a Jenofanes, los dioses no han revelado al hombre cada cosa desde el primer momento, sino que el hombre, con su paciente investigación, lo descubre todo cada vez mejor y, a Dios gracias, no deja de profundizar en su saber. Claro que, algunos prefieren mantenerse en sus trece.
En el ámbito médico y de la vida, mi maestro, el Dr. José Ramón Morandeira, me ha inculcado muchos saberes; pero no como dogmas, sino como el resultado de la experiencia contrastada y un juicio analítico, siempre susceptibles de ser modificables en cuanto se dispone de más elementos a considerar, para lo que es imprescindible una labor de estudio e investigación continuada. Siempre me recuerda las palabras de –como dice él– Don Santiago (Ramon y Cajal): “el secreto del éxito es muy sencillo, se reduce a dos palabras: trabajo y perseverancia”.

Como tantos médicos y profesores, ejerzo una profesión doblemente humanista, tratar a los enfermos y enseñar a mis alumnos del Máster en Medicina de Urgencia en Montana. Para desempeñar con dignidad ambos cometidos, hace falta tener vocación y saber escuchar. En este sentido, recuerdo la anécdota de Chweninger, médico, y su paciente, el Príncipe Otto von Bismark, quien no quería responder a las preguntas de su médico por falta de tiempo y le ordenó continuar con la exploración sin mediar más preguntas, a lo que Chweninger respondió:”Vuecencia debería consultar con un veterinario porque éste no pregunta nada a sus enfermos”. La relación médico-paciente se basa en lo que el Profesor Jiménez Díaz llamaba la “escuchación”, que era antes que la inspección, palpación, percusión y auscultación del enfermo. En lo que respecta a la vocación, tengo que remitirme obligadamente a las palabras de Don Gregorio Marañón. “La vocación mueve la eficacia verdadera de los hombres. (…) Las vocaciones son de dos categorías. Las vocaciones de amor, que son únicas, intransferibles y desinteresadas. Y las vocaciones de querer, que pueden ser múltiples, que cambian de sentido y que son, por nobles que sean, interesadas.” Hablando de la vocación médica, que es la mía, recomiendo la lectura de los “Consejos de Esculapio”, de los que reproduzco sólo el último párrafo: “Piénsalo bien mientras estás a tiempo. Pero si, indiferente a la fortuna, a los placeres, a la ingratitud; si sabiendo que te verás solo entre las fieras humanas, tienes un alma lo bastante estoica para satisfacerte con el deber cumplido sin ilusiones; si te juzgas pagado lo bastante con la dicha de una madre, con una cara que sonríe porque ya no padece, con la faz de un moribundo a quien ocultas la llegada de la muerte: si ansías conocer al hombre, penetrar todo lo trágico de su destino, entonces hazte médico, hijo mío.”
La Universidad debe formar los profesionales que precisa la sociedad, sin olvidar que los profesionales que formamos son y trabajaran con personas, por lo que hace falta “darles a conocer al hombre”. Será un craso error que las universidades prescindan de la formación en los aspectos culturales, históricos y humanos de sus alumnos. Y los primeros a convencer son los propios alumnos, interesados más por los conocimientos científico-técnicos y habilidades específicas, que por la “memoria histórica” (arte, literatura, historia, etc.) del sustrato que va a ser objeto de su desarrollo profesional: el hombre. Mucho más en el caso de la medicina, que no es sólo asistencia social, curar o tratar a las personas; por definición, tiene que ser humanista. Y no puedo dejar de citar, de nuevo, a Don Gregorio: “el médico que sólo sabe medicina no sabe, ni siquiera, medicina” (La medicina y nuestro tiempo, 1954).

El “escuchar”, que implica estar abiertos a nuevos saberes; el “trabajo y la perseverancia” de contrastar los saberes adquiridos, que llevan a la investigación, la formación continuada y al reciclaje, y la “vocación”, además de una curiosidad o impulso difícilmente explicable, me llevaron hace tres años al Campo Base del Manaslu en 2009, en el Himalaya del Nepal, después al Annapurna en 2010 y, este año, al del Everest-Lhotse. El trabajo asistencial allí desarrollado con los alpinistas y nativos no ha sido fácil; pero sí altamente gratificante y, por supuesto, aleccionador. La Medicina de Montaña no es una especialidad, es el arte de hacer medicina en situaciones de “extrema periferia” (concepto este acuñado por Pietro Bassi, médico de Courmayeur). Desde el punto de vista “científico”, ha sido inevitable cuestionar alguno de los “dogmas” recogidos en los libros de Medicina de Montaña. Desde el punto de vista de la “práctica médica”, es patente lo beneficioso que llega a ser, más que la magnitud del “acto médico” que pudiéramos realizar, la atención humana que brindamos a personas que están a varios días de camino a pie de un hospital o consultorio médico para una asistencia que, la mayor de las veces, no pueden ni pagar; lo mucho que tenemos en occidente y lo poco que se aprecia. Que no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita.

No ha sido un “viaje de placer”, ni una gesta deportiva (soy médico y profesora, no experta alpinista). Ha sido un medio de contrastar los conocimientos que transmitimos a los alumnos a lo largo de su formación en el Máster, profundizar en el conocimiento de la condición humana (que, en el Campo Base del Everest me ha dejado asombrada en sus dos extremos, el de la generosidad de unos pocos y el del egoísmo de muchos), mejorar mis habilidades como médico de Medicina de Montaña, desarrollar una“vocación por amor” con todos los pacientes que a nosotros se acercaban, enseñar a los sherpas cómo prevenir la patología de montana y, en caso de accidente, pautas de actuación; pero, sobre todo, ha significado aprender como profesional, crecer como persona y sentir como mujer en uno de los países más pobres del mundo.
Si la Medicina es vocacional, todavía lo es más cuando se realiza en “extrema periferia”, colgado de una pared, rodeado de nieve, en situación de frio extremo, en una pendiente de hielo, amenazado por los aludes, en el fondo de una cueva, con lluvia, granizo, ventisca o tormenta, como aprenden a hacerlo nuestros alumnos, para llegar allí donde no llega nadie, donde los accidentados o enfermos –montañeros o montañeses– más precisan la asistencia médica y la analgesia, por aquello de “dolorem sedarem divinum est” (calmar el dolor es de dioses), que decía Galeno y que Urs Wiget, muchos años Presidente de la Comisión Médica de la Comisión Internacional de Socorro Alpino (CISA-IKAR), explicaba diciendo que “La analgesia en el lugar del accidente es un derecho humano.” Sin perder de vista las palabras de Homero, en La Ilíada, de las que tanto me acordé el año pasado en el Annapurna, porque
Morir es el destino,
y cuando llega la hora del hombre,
ni aún los dioses pueden ayudarle,
por mucho que puedan quererlo.
No es fácil asumir este destino en nuestra sociedad de opulencia y desarrollo, de ocio y bienestar, de fiesta y vacaciones; quizás por eso sorprende la resignación y abnegación de los nepaleses del norte, que muchos occidentales explican por su religión. Aunque, siendo rigurosos, el budismo no es una religión, es una filosofía de vida. Sea como sea, saben valorar lo importante de la vida: los afectos y ayudar a los demás; cuestiones poco valoradas en nuestro entorno y que, sin duda alguna, dan la felicidad. Estos matices se captan si te preocupas por “ver”. Los que “sólo miran”no se enteran de nada. El que se preocupa por “ver” aprende mucho y capta la esencia de los pequeños detalles, fundamentales para seguir profundizando en el saber.

Soy perfectamente consciente de la cantidad de autores que he citado, pero lo justifico para apoyar aquello de que “No hay nada nuevo bajo el sol”, recogido en el Eclesiastés; es decir, no estoy proponiendo reflexiones que mucho antes no lo hayan hecho otros considerados “sabios”. Sirven de “apoyo bibliográfico” a este texto. Volviendo a lo de los “detalles”, recuerden que Albert Einstein insistía en que “no se pueden confiar las cosas grandes e importantes a quienes no cuidan los pequeños detalles”; a lo que mi Maestro, el Dr. Morandeira, siempre añade: “especialmente si de ellos dependen la salud y la vida de sus semejantes”. Esos pequeños detalles pueden significar la diferencia entre la vida y la muerte, especialmente en situaciones de “extrema periferia”. Esos pequeños detalles son los que, entre otras muchas cosas, aprenden a ver –no a mirar– nuestros alumnos del Máster en Medicina de Urgencia en Montana. Porque el ejercicio de la Medicina requiere habilidades y conocimientos, pero también mucha observación; más aún en la montaña, donde los medios diagnósticos y terapéuticos son escasos y limitados. Y eso es a lo que nos hemos dedicado durante dos meses: a ejercer nuestra profesión en un medio difícil, hostil y aislado, como es el Himalaya del Nepal, con 250 kg de material sanitario del Hospital Clínico “Lozano Blesa” y la Universidad de Zaragoza, dos manos de médico –las mías– y dos de cirujano –las del Dr. Morandeira–; a aprender humanidad de quienes tienen escasos bienes materiales y a disfrutar de ese espíritu que nos mueve a los médicos vocacionales de “pasar por el mundo haciendo el bien y curando enfermos” , estas semanas en las montañas más altas de la Tierra.

Volviendo a la Biblia, quiero referirme a una frase que figura en la Vulgata antigua (en la traduccion del texto hebreo realizada por San Jerónimo por encargo del Papa Dámaso I en 382, y que fue confirmada en el concilio de Trento como versión oficial de la Biblia de la Iglesia Católica: “Perversi difficile corriguntur et stultorum infinitus est numerus” (Los perversos difícilmente se enmiendan, y el numero de necios es infinito). Lo de que el número de necios es infinito, también lo pone Cervantes en boca de Don Quijote. Y lo ratifica D. Alberto Einstein cuando dice “Sólo conozco dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana; pero de la primera no estoy seguro”. Por ello, conviene que nos esforcemos un poco cada día en ser menos necios, en ser capaces de “ver” los detalles que nos rodean y profundizar en el saber. Para ello, hay que poner mente, corazón y alma. No nos comportemos como las vacas, que sólo necesitan comer y dormir, que ya comentaba Aristóteles que el gran problema de la humanidad es su tendencia a vivir como una vaca.
Durante los últimos años de colegio y los primeros de carrera, estuve en un grupo de teatro del que guardo un grato recuerdo. No puedo terminar sin pensar en Calderón de la Barca y su “Alcalde de Zalamea”:
Al Rey, la hacienda y la vida se han de dar;
pero el honor es patrimonio del alma,
y el alma solo es de Dios.
O “La vida es sueño”:
Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma
o ramillete con alas,
cuando las etéreas alas
corta con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que deja en calma;
y teniendo yo mas alma
¿tengo menos libertad?
En el alma, ese “pequeño” detalle que nos diferencia de otros seres vivos, está la esencia y la libertad del hombre para querer saber, crecer y progresar. En la Universidad, en el Hospital Clínico, en las montañas de Nepal, o allí donde estemos. De nosotros depende.
MA Nerín