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EL DEBATE DEL OXÍGENO

Los mecanismos íntimos por los que se produce el Mal de Montaña, son aún bastantes desconocidos. Razón por la que es objeto de debate y discusión habituales en cuantas reuniones y congresos celebran al efecto expertos y especialistas. Sin embargo, este debate ha llegado por diversos motivos a nivel de la calle, donde por desconocimiento de las razones científicas que aducen los expertos, se vierten opiniones que poco tienen que ver con lo que muestran los últimos avances y descubrimientos al respecto. En el presente artículo, tratamos de ilustrar con sencillez todo ello, para general conocimiento de aficionados y montañeros.

Soy incapaz de comprender esa furia que, les ha entrado a algunos himalayistas españoles por ascender sin oxígeno a las altas montañas del mundo, sin tener claramente en cuenta el incremento del riesgo que ello supone para sus vidas y las de cuantos en el intento les rodean. Máxime, cuando algunos de ellos “rechazan el Oxígeno, pero sin embargo, se inyectan dexametasona y otros fármacos prohibidos en cualquier actividad deportiva, para frenar los efectos de la altura (declaraciones del rescatador del Lhotse Damián Benegas, en reportaje publicado en “La Vanguardia” del lunes 30 de mayo de 2011, bajo el título “Que no quiero oxígeno”)

Y no es que esté radicalmente en contra de que lo hagan, que no lo estoy. Pero lo que no entiendo es que lo hagan sin tomar la precaución que los tiempos y las formas actuales permiten, para tener una botella de oxígeno a mano (e incluso negándose tajante a usarla cuando la tienen), y utilizarla a la menos sospecha de que su organismo está acusando los efectos de la altura peligrosamente.

Que no me vengan con historias: Hillary y Tenzing, los primeros ascensionistas del Everest, lo hicieron utilizando oxígeno y no creo que nadie se atreva a anularles el mérito de la ascensión, aunque con estos fanáticos actuales y sus espúreos intereses comerciales, nunca se sabe.

Personalmente, tengo muy claro que aquello, fue un gran éxito deportivo. Pero también fue un gran éxito médico de los fisiólogos que llevaban años estudiando los efectos de la disminución de la Pp O2 (presión parcial de oxígeno) en la altura (la presión barométrica, que se decía entonces) como responsable de los síntomas del mal de montaña o mal de altura, que tan magistralmente había descrito cuatro siglos antes durante sus andanzas por los Andes, el jesuita español José de Acosta; que en estos asuntos los españoles somos pioneros desde hace centurias.

También recuerdo que con motivo de la inauguración de un telecabina para la Expo-2008 zaragozana, pasó por aquí mi viejo conocido Reinhold Messner, primer alpinista que consiguió subir al Everest y hacer los 14 ochomiles sin oxígeno. Dio una conferencia a la que, asistimos cuatro gatos. En ella, dejó muy claro que en su opinión, la adaptación a la altura era una cuestión genética. Además, cuando le preguntaron lo que opinaba sobre el asunto de subir los 14 ochomiles, no se corto un pelo al responder que le parecía una forma como otra cualquiera de hacer turismo. Los incrédulos, pueden consultar las páginas del “Heraldo de Aragón” de aquellos días. Y los aguerridos héroes del NO al oxígeno, considerar que Reinhold Messner no es uno de los más grandes alpinistas de la historia por esa coña del oxígeno y los 14 ochomiles, sino por los impresionantes vías de escalada que ha abierto a lo largo de su vida.

Lo de la cuestión genética, me sería aclarado algo después por mi buen amigo Ginés Morata, gran genetista y por ello Premio Príncipe de Asturias, en base a la existencia de distintos tipos de hemoglobina, alguno de los cuales permite una mejor oxidación y transporte del oxígeno. Esa selección genética en la que una hemoglobina especial, a la que los sherpas habrían llegado por selección natural, por medio de una mortalidad perinatal aun en los tiempos actuales cercana al 46 %, en la que el que no la tiene se muere al poco de nacer y punto, sería también la responsable de la especial capacidad de adaptación de algunos alpinistas a la altura.

Con lo que llegados a este punto, vale que les diga que a mi, me hubiese gustado muchísimo ser pívot de un equipo de baloncesto. Pero como solo mido 169 cmts. de altura, no ha podido ser. Y puedo aceptarlo y dedicarme a otra cosa, o puedo despotricar contra la genética de mis ancestros del Campo de Borja, donde excepciones aparte, como, el “enano saltarín” Garriga, la inmensa mayoría somos chaparros moncainos del somontano. También puedo pedir que les corten los brazos a tipos como Pau Gasol, capaces de “taponar” mis intentos de encestar sin levantarlos. Pero no creo que la idea cuaje. Como no debería de cuajar esa idea absurda de subir ochomiles sin oxígeno cueste lo que cueste, aunque ello suponga una imprudencia temeraria sin límites.

Por culpa del antidemocrático comportamiento de la genética, que no nos hace a todos iguales. Esta claro.

J.R.MORANDEIRA
Asesor F.A.M.

Comunicado a título personal del doctor Morandeira; Editorial de Barrabes

El doctor José Ramón Morandeira envía para su publicación un comunicado sobre el uso o no de oxígeno en altura por necesidades médicas y en casos graves, tras lo ocurrido en el Lhotse. Añadimos también unas palabras por nuestra parte, y con este escrito cerramos tan vergonzoso sainete, que si bien estuvo a punto de acabar en tragedia múltiple, no podemos negar que está entreteniendo a la audiencia televisiva

Con esto terminamos. Como Barrabés sólo queremos aclarar unas cosas:
El domingo 22 de mayo por la mañana (hora española) hablamos con la doctora Nerín. En ese momento nos informa de la situación. Nos pide línea libre, tiene que gestionar con los seguros el helicóptero; si no lo piden las compañías, tiene que pagarlo el interesado, y luego reclamar, como saben por experiencia. Una vez sabido, buscamos información en internet. Horas antes el periodista Fernando J. Pérez, presente en el campo base, ya ha informado en el Correo de lo ocurrido, diciendo exactamente lo mismo que la doctora Nerín nos cuenta. También hace rato que por el tweeter de algún alpinista esa información ha salido. En ese momento, por medio de una llamada cruzada, recibimos información directa por Skype desde el campo base, en el que se confirma que todo es exactamente así, por medio de fuentes de total credibilidad. Esas llamadas y fuentes las compartimos con más periodistas que son testigos de ellas. También se nos informa de que La Vanguardia está a punto de publicarlo en ese momento, aunque no llegamos a comprobarlo. Comprobamos en ese momento que el ABC digital informa a su vez. Entonces publicamos la información, horas después de que viera la luz por otras fuentes. Aun con todo, a diferencia de lo ya publicado en otros medios que son fuente directa en el campo base, decidimos eliminar la alusión al posible uso de oxígeno de Pauner, debido a que, como bien nos dijo la doctora Nerín telefónicamente tras insistir “me lo ha confirmado el doctor Martínez y otra persona -la omitimos como fuente-, pero ya sabes que esto de las comunicaciones de altura es radio macuto, igual dicen que se lo van a dar, o que lo necesitaría”. La información sobre el posible uso de oxígeno de Pauner fue eliminada en ese momento del texto que finalmente permanece en Barrabés. Luego nos vimos en la tesitura de tener que desmentir, como los demás, algo ni siquiera publicado…

No entendemos como los mismos integrantes de los grupos desde los cuales salió esa información después alegan que María Antonia Nerín fue la que la lanzó todo a los medios, antes de que las familias se enteraran -enviando además una puya a Barrabes y otros medios de montaña-, y que es errónea porque ella no estaba allí. A fecha de hoy, aún puede comprobarse que no es cierto que partiera de ella, y puede comprobarse que esa información salió del campo base tal cual. Y no sólo por internet, sino por otros medios que no han salido a la luz, y que desde ya nos olvidamos de su existencia. Ya no merece la pena. Aunque entendemos que a veces las cosas se ven con mayor perspectiva desde fuera, y probablemente ellos mismos ignoraban estas informaciones partidas de sus equipos y que pululaban por la prensa.
Lo ocurrido después es un ejemplo de lo que no deben de ser las cosas. Era bastante sencillo corregir lo malinterpretado y los errores provocados por nervios, cansancio, emisoras y voces cruzadas, y aclarar todo, incluidos los malos entendidos entre todos los protagonistas del Lhotse. Pero una guerra de egos y de intereses no conocidos y de personas que para cubrir sus errores se han dedicado a liarlo todo para justificarse, ha creado una rueda que se ha hecho enorme y que al menos ha servido para entretener a la ciudadanía, en cuanto ofrecía una imagen lamentable del mundo de la montaña, que ha pululado entre el Sálvame, La Noria, el Aragón se escribe con Jota, y el Vaya Semanita.
Ya hace tiempo que el mundo de los ochomiles, entendido así, no sólo ha dejado de tener interés para el mundo de la montaña, sino que provoca incluso rechazo. Sólo hay que ver foros, etc, escuchar conversaciones entre montañeros normales. Ha pasado a ser algo para otro tipo de público más general. Pero eso no quita para que los medios informemos, porque siguen siendo actividades de muy alto nivel al alcance de muy pocos.

Pero si va a ser a costa de hacernos pasar estos ratos tan lamentables, como los que han ocurrido tras el descenso del Lhotse, tendremos que empezar a plantearnos todos qué está pasando aquí.
También decir que estamos abochornados de los modos y maneras que se han visto en los comentarios, no sólo de www.barrabes.com, sino en general del mundo de la montaña. En lo que es nuestra exclusiva responsabilidad, queremos pedir disculpas a nuestros lectores porque sabemos que no hemos sabido cortar a tiempo y gestionar correctamente todo, ya que confiábamos en la madurez de todas y todos, y eso ha provocado que hayan tenido que leer cosas profundamente desagradables.
No aceptamos más comunicados ni responderemos a nada más.

REDACCIÓN BARRABES.COM

http://www.barrabes.com/revista/noticias/2-7063/comunicado-titulo-personal-doctor-morandeira.html

Comunicado de José Ramón Morandeira

Es mi deseo, a título exclusivamente personal, dar por zanjado definitivamente el debate sobre si Carlos Pauner hizo o no uso de oxígeno artificial durante su descenso del Lhotse. Y lo es porque entiendo que este es un debate que sólo interesa a determinados “profesionales” del montañismo, que no dudan en utilizarnos incluso a los médicos que nos preocupamos por ellos, para lograr sus objetivos más o menos inconfesados y/o inconfesables de publicidad, esponsorización y divismo.
En la rueda de prensa institucional que se ofreció ayer en el Hospital Clínico Universitario de Zaragoza (HCU), procuré “no salirme del guión”, como dicen algunos, porque se me había pedido encarecida e institucionalmente que procurase ser “políticamente correcto”. Cosa que, habitualmente, me cuesta muchísimo.
En cualquier caso, creo que dejé bien claro –y ahora lo ratifico a título personal- doy mi opinión que la Dra. Nerín, bajo mi supervisión, se limitó a hacerse eco de las noticias que nos llegaron, publicadas con anterioridad en los blogs de los alpinistas y periodistas que estaban en el Lhotse, como puede comprobarse.
Dichas noticias nos fueron comunicadas por el médico de nuestro grupo, Carlos Martínez, al que dejamos en el Campo Base hasta el último momento, para atender las incidencias que pudieran tener los alpinistas al bajar de la cima, mientras la Dra. Nerín y yo nos desplazábamos a otros puntos de atención sanitaria donde, según mi planteamiento logístico, entendí –como así fue-, que podíamos ser más necesarios en caso de problemas graves.
También dejé bien claro que, como ratificó el Vicepresidente de la Federación Aragonesa de Montañismo y que puede comprobarse buscando en las hemerotecas mis publicaciones al respecto en los últimos 20 años, EN MI OPINIÓN, (tan respetable como otra cualquiera), quien estando con una saturación de oxígeno del 54-56% -como ha manifestado el propio Pauner en la televisión aragonesa- (cuando lo esperable a 6.500 metros es 70-72% +/- 5) y signos-síntomas evidentes de alteración del comportamiento, de las habilidades del conocimiento y con fatiga por sobreesfuerzo, no utiliza el oxígeno artificial, teniéndolo a mano, es un inconsciente que comete una imprudencia temeraria, poniendo en peligro su propia vida y la de quienes lo rodean. Algo sólo disculpable si asumimos esas alteraciones de “habilidades del conocimiento” como efecto del edema cerebral producido por la hipoxia hipóxica de la altitud. Esto es lo que hago en el caso de Carlos Pauner, a quien sigo considerando un viejo amigo y compañero expedicionario.
En cualquier caso, no es a mí ni a los médicos a quienes corresponde elegir entre haber utilizado el oxígeno en un determinado momento con fines medicinales o haber cometido una imprudencia temeraria por no hacerlo, sino a Carlos Pauner. Si elige la primera de las opciones, pasando de otros planteamientos pseudodeportivos estúpidos que para nada invalidan ni desmerecen su ascensión al Lhotse, contará con todo mi reconocimiento. Si se decide por la segunda, no me dejará otra opción que disculparlo por los efectos que la hipoxia causó sobre su organismo, pero asumiendo que, a causa de ello, ha cometido una imprudencia temeraria y ha sido un mal ejemplo. ¡Por Dios, que nadie actúe así en el futuro apoyándose en su ejemplo!
Lamento profundamente que el debate de esta expedición haya derivado por estos derroteros espúreos que aborrezco, olvidando que a estas horas podríamos estar lamentando la muerte de cuatro o cinco de nuestros alpinistas, olvidando el esfuerzo de muchos y que en el HCU zaragozano aún nos quedan preocupaciones infinitamente más importantes de las que ocuparnos, pensando en cómo abordar el tratamiento de las gravísimas congelaciones con que han vuelto algunos de ellos debidas, en gran parte, a seguir esos ejemplos que condeno y detesto. Por favor, un respeto para ellos.

JR Morandeira
Médico y montañero

SI ESTÁS CONGELADO, “A ZARAGOZA O AL CHARCO”

Lunes, 30 de mayo
Hay una historieta que cuenta que un aragonés (cuya tozudez es bien conocida) se encaminó desde su pueblo a Zaragoza. Se encontró con otro maño, amigo suyo, y le declaró que, efectivamente, iba a Zaragoza. “Si Dios quiere”, replicó su amigo. “Iré a Zaragoza, quiera Dios o no lo quiera”, dijo el aldeano. Ante tamaña irreverencia, Dios se le presentó en el camino y le preguntó: “¿Adónde vas?” “A Zaragoza”, contestó el baturro. “Será si Yo quiero”, “Aunque Tu no quieras, iré yo a Zaragoza” afirmó el maño tozudo. Para castigarlo Dios lo convirtió en rana y lo dejó en un charco durante algún tiempo. Al cabo de un tiempo, le devolvió su figura de hombre y le preguntó de nuevo: “¿Adónde vas?”, “A Zaragoza”, insistió el baturro. “Será si Yo quiero”; “Aunque Tú no quieras, iré yo a Zaragoza”, dijo el interpelado mostrando su disgusto. De nuevo Dios lo convirtió en rana y lo dejó en el charco durante dos años. Después, para comprobar si había cambiado su conducta, Dios le devolvió la forma de hombre y le preguntó por tercera vez: “¿Adónde vas?” A lo que el maño contestó: “A Zaragoza… o al charco” (Tomado de “Dichos y frases hechos” de José Calles Vales y Belén Bermejo Meléndez. Madrid. LIBSA, 2001).

Pues eso, si estás congelado “a Zaragoza o al charco”. Y es lo que hemos hecho con alpinistas congelados en el Lhotse: Isabel García, Roberto Rodrigo, Manuel González, Javier Pérez y Miguel Ángel Pérez. Los tres primeros están ingresados, los dos últimos los atendemos de forma ambulatoria. No hay ninguna duda de que el mejor centro hospitalario de referencia para las congelaciones es el Hospital Clínico Universitario Lozano Blesa (HCU) de Zaragoza, con cuarenta años de trayectoria asistencial e investigadora en este campo, y que el Dr. José Ramón Morandeira es el cirujano que más congelados ha atendido y tratado en las últimas décadas. La prueba diagnóstica que establece claramente la afectación ósea y el nivel de amputaciones es la gammagrafía ósea con Tecnecio 99. No debe plantearse la amputación de ningún dedo sin esta prueba en la mano. El equipo de Medicina Nuclear del HCU tiene una dilatada experiencia en este campo, además de numerosas publicaciones sobre el tema y un prestigio que fue elogiado en el último Congreso Internacional de Medicina Nuclear celebrado en Viena el pasado mes de octubre. El Dr. Javier Banzo y todo su equipo se han volcado en el estudio detallado de las congelaciones de los alpinistas españoles que han venido del Lhotse. A todos ellos, nuestro agradecimiento y reconocimiento por su gran trabajo.
Ya tenemos los resultados. Los haremos públicos mañana. Esta tarde nos toca hablar con los afectados, apoyarlos y animarlos.

MA Nerín

LOS PERVERSOS DIFÍCLMENTE SE ENMIENDAN Y EL NÚMERO DE NECIOS ES INFINITO

Sábado 28 y domingo 29 de mayo

Decía el Profesor W. Osler –de Oxford– a sus alumnos al finalizar cada curso académico que “la mitad de lo que les hemos enseñado es mentira, el problema es que no sabemos cuál es esa mitad.” Es decir, que cualquier saber es refutable. La ciencia, por tanto, está sometida a una continua revisión. Los saberes que la constituyen se modifican o sustituyen por otros que explican mejor los hechos o la realidad porque, citando a Jenofanes, los dioses no han revelado al hombre cada cosa desde el primer momento, sino que el hombre, con su paciente investigación, lo descubre todo cada vez mejor y, a Dios gracias, no deja de profundizar en su saber. Claro que, algunos prefieren mantenerse en sus trece.
En el ámbito médico y de la vida, mi maestro, el Dr. José Ramón Morandeira, me ha inculcado muchos saberes; pero no como dogmas, sino como el resultado de la experiencia contrastada y un juicio analítico, siempre susceptibles de ser modificables en cuanto se dispone de más elementos a considerar, para lo que es imprescindible una labor de estudio e investigación continuada. Siempre me recuerda las palabras de –como dice él– Don Santiago (Ramon y Cajal): “el secreto del éxito es muy sencillo, se reduce a dos palabras: trabajo y perseverancia”.

Como tantos médicos y profesores, ejerzo una profesión doblemente humanista, tratar a los enfermos y enseñar a mis alumnos del Máster en Medicina de Urgencia en Montana. Para desempeñar con dignidad ambos cometidos, hace falta tener vocación y saber escuchar. En este sentido, recuerdo la anécdota de Chweninger, médico, y su paciente, el Príncipe Otto von Bismark, quien no quería responder a las preguntas de su médico por falta de tiempo y le ordenó continuar con la exploración sin mediar más preguntas, a lo que Chweninger respondió:”Vuecencia debería consultar con un veterinario porque éste no pregunta nada a sus enfermos”. La relación médico-paciente se basa en lo que el Profesor Jiménez Díaz llamaba la “escuchación”, que era antes que la inspección, palpación, percusión y auscultación del enfermo. En lo que respecta a la vocación, tengo que remitirme obligadamente a las palabras de Don Gregorio Marañón. “La vocación mueve la eficacia verdadera de los hombres. (…) Las vocaciones son de dos categorías. Las vocaciones de amor, que son únicas, intransferibles y desinteresadas. Y las vocaciones de querer, que pueden ser múltiples, que cambian de sentido y que son, por nobles que sean, interesadas.” Hablando de la vocación médica, que es la mía, recomiendo la lectura de los “Consejos de Esculapio”, de los que reproduzco sólo el último párrafo: “Piénsalo bien mientras estás a tiempo. Pero si, indiferente a la fortuna, a los placeres, a la ingratitud; si sabiendo que te verás solo entre las fieras humanas, tienes un alma lo bastante estoica para satisfacerte con el deber cumplido sin ilusiones; si te juzgas pagado lo bastante con la dicha de una madre, con una cara que sonríe porque ya no padece, con la faz de un moribundo a quien ocultas la llegada de la muerte: si ansías conocer al hombre, penetrar todo lo trágico de su destino, entonces hazte médico, hijo mío.”
La Universidad debe formar los profesionales que precisa la sociedad, sin olvidar que los profesionales que formamos son y trabajaran con personas, por lo que hace falta “darles a conocer al hombre”. Será un craso error que las universidades prescindan de la formación en los aspectos culturales, históricos y humanos de sus alumnos. Y los primeros a convencer son los propios alumnos, interesados más por los conocimientos científico-técnicos y habilidades específicas, que por la “memoria histórica” (arte, literatura, historia, etc.) del sustrato que va a ser objeto de su desarrollo profesional: el hombre. Mucho más en el caso de la medicina, que no es sólo asistencia social, curar o tratar a las personas; por definición, tiene que ser humanista. Y no puedo dejar de citar, de nuevo, a Don Gregorio: “el médico que sólo sabe medicina no sabe, ni siquiera, medicina” (La medicina y nuestro tiempo, 1954).

El “escuchar”, que implica estar abiertos a nuevos saberes; el “trabajo y la perseverancia” de contrastar los saberes adquiridos, que llevan a la investigación, la formación continuada y al reciclaje, y la “vocación”, además de una curiosidad o impulso difícilmente explicable, me llevaron hace tres años al Campo Base del Manaslu en 2009, en el Himalaya del Nepal, después al Annapurna en 2010 y, este año, al del Everest-Lhotse. El trabajo asistencial allí desarrollado con los alpinistas y nativos no ha sido fácil; pero sí altamente gratificante y, por supuesto, aleccionador. La Medicina de Montaña no es una especialidad, es el arte de hacer medicina en situaciones de “extrema periferia” (concepto este acuñado por Pietro Bassi, médico de Courmayeur). Desde el punto de vista “científico”, ha sido inevitable cuestionar alguno de los “dogmas” recogidos en los libros de Medicina de Montaña. Desde el punto de vista de la “práctica médica”, es patente lo beneficioso que llega a ser, más que la magnitud del “acto médico” que pudiéramos realizar, la atención humana que brindamos a personas que están a varios días de camino a pie de un hospital o consultorio médico para una asistencia que, la mayor de las veces, no pueden ni pagar; lo mucho que tenemos en occidente y lo poco que se aprecia. Que no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita.

No ha sido un “viaje de placer”, ni una gesta deportiva (soy médico y profesora, no experta alpinista). Ha sido un medio de contrastar los conocimientos que transmitimos a los alumnos a lo largo de su formación en el Máster, profundizar en el conocimiento de la condición humana (que, en el Campo Base del Everest me ha dejado asombrada en sus dos extremos, el de la generosidad de unos pocos y el del egoísmo de muchos), mejorar mis habilidades como médico de Medicina de Montaña, desarrollar una“vocación por amor” con todos los pacientes que a nosotros se acercaban, enseñar a los sherpas cómo prevenir la patología de montana y, en caso de accidente, pautas de actuación; pero, sobre todo, ha significado aprender como profesional, crecer como persona y sentir como mujer en uno de los países más pobres del mundo.
Si la Medicina es vocacional, todavía lo es más cuando se realiza en “extrema periferia”, colgado de una pared, rodeado de nieve, en situación de frio extremo, en una pendiente de hielo, amenazado por los aludes, en el fondo de una cueva, con lluvia, granizo, ventisca o tormenta, como aprenden a hacerlo nuestros alumnos, para llegar allí donde no llega nadie, donde los accidentados o enfermos –montañeros o montañeses– más precisan la asistencia médica y la analgesia, por aquello de “dolorem sedarem divinum est” (calmar el dolor es de dioses), que decía Galeno y que Urs Wiget, muchos años Presidente de la Comisión Médica de la Comisión Internacional de Socorro Alpino (CISA-IKAR), explicaba diciendo que “La analgesia en el lugar del accidente es un derecho humano.” Sin perder de vista las palabras de Homero, en La Ilíada, de las que tanto me acordé el año pasado en el Annapurna, porque

Morir es el destino,
y cuando llega la hora del hombre,
ni aún los dioses pueden ayudarle,
por mucho que puedan quererlo.

No es fácil asumir este destino en nuestra sociedad de opulencia y desarrollo, de ocio y bienestar, de fiesta y vacaciones; quizás por eso sorprende la resignación y abnegación de los nepaleses del norte, que muchos occidentales explican por su religión. Aunque, siendo rigurosos, el budismo no es una religión, es una filosofía de vida. Sea como sea, saben valorar lo importante de la vida: los afectos y ayudar a los demás; cuestiones poco valoradas en nuestro entorno y que, sin duda alguna, dan la felicidad. Estos matices se captan si te preocupas por “ver”. Los que “sólo miran”no se enteran de nada. El que se preocupa por “ver” aprende mucho y capta la esencia de los pequeños detalles, fundamentales para seguir profundizando en el saber.

Soy perfectamente consciente de la cantidad de autores que he citado, pero lo justifico para apoyar aquello de que “No hay nada nuevo bajo el sol”, recogido en el Eclesiastés; es decir, no estoy proponiendo reflexiones que mucho antes no lo hayan hecho otros considerados “sabios”. Sirven de “apoyo bibliográfico” a este texto. Volviendo a lo de los “detalles”, recuerden que Albert Einstein insistía en que “no se pueden confiar las cosas grandes e importantes a quienes no cuidan los pequeños detalles”; a lo que mi Maestro, el Dr. Morandeira, siempre añade: “especialmente si de ellos dependen la salud y la vida de sus semejantes”. Esos pequeños detalles pueden significar la diferencia entre la vida y la muerte, especialmente en situaciones de “extrema periferia”. Esos pequeños detalles son los que, entre otras muchas cosas, aprenden a ver –no a mirar– nuestros alumnos del Máster en Medicina de Urgencia en Montana. Porque el ejercicio de la Medicina requiere habilidades y conocimientos, pero también mucha observación; más aún en la montaña, donde los medios diagnósticos y terapéuticos son escasos y limitados. Y eso es a lo que nos hemos dedicado durante dos meses: a ejercer nuestra profesión en un medio difícil, hostil y aislado, como es el Himalaya del Nepal, con 250 kg de material sanitario del Hospital Clínico “Lozano Blesa” y la Universidad de Zaragoza, dos manos de médico –las mías– y dos de cirujano –las del Dr. Morandeira–; a aprender humanidad de quienes tienen escasos bienes materiales y a disfrutar de ese espíritu que nos mueve a los médicos vocacionales de “pasar por el mundo haciendo el bien y curando enfermos” , estas semanas en las montañas más altas de la Tierra.

Volviendo a la Biblia, quiero referirme a una frase que figura en la Vulgata antigua (en la traduccion del texto hebreo realizada por San Jerónimo por encargo del Papa Dámaso I en 382, y que fue confirmada en el concilio de Trento como versión oficial de la Biblia de la Iglesia Católica: “Perversi difficile corriguntur et stultorum infinitus est numerus” (Los perversos difícilmente se enmiendan, y el numero de necios es infinito). Lo de que el número de necios es infinito, también lo pone Cervantes en boca de Don Quijote. Y lo ratifica D. Alberto Einstein cuando dice “Sólo conozco dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana; pero de la primera no estoy seguro”. Por ello, conviene que nos esforcemos un poco cada día en ser menos necios, en ser capaces de “ver” los detalles que nos rodean y profundizar en el saber. Para ello, hay que poner mente, corazón y alma. No nos comportemos como las vacas, que sólo necesitan comer y dormir, que ya comentaba Aristóteles que el gran problema de la humanidad es su tendencia a vivir como una vaca.
Durante los últimos años de colegio y los primeros de carrera, estuve en un grupo de teatro del que guardo un grato recuerdo. No puedo terminar sin pensar en Calderón de la Barca y su “Alcalde de Zalamea”:

Al Rey, la hacienda y la vida se han de dar;
pero el honor es patrimonio del alma,
y el alma solo es de Dios.

O “La vida es sueño”:

Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma
o ramillete con alas,
cuando las etéreas alas
corta con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que deja en calma;
y teniendo yo mas alma
¿tengo menos libertad?

En el alma, ese “pequeño” detalle que nos diferencia de otros seres vivos, está la esencia y la libertad del hombre para querer saber, crecer y progresar. En la Universidad, en el Hospital Clínico, en las montañas de Nepal, o allí donde estemos. De nosotros depende.

MA Nerín

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